Y, de repente, te encuentras con que tu pecho sufre un
inmenso vacío.
Un vació estremecedor. Tu corazón se encoge, te bajan las
pulsaciones.
Notas como todo deja de ser. Pero tampoco te asustas.
No sabes cómo ni por qué, pero no te salen las palabras.
Te
ahogas. Solo te apetece llorar. Dormir y llorar.
Y morir.
Y, de repente, esos pinchazos en el pecho.
Tu cabeza ya no es
tuya. Tu cuerpo no reacciona ante ningún estímulo.
No sientes alegría, ni
cariño, ni felicidad. Ni amor.
Solo sientes pena. Pena y más pena.
No sabes cuándo te va a pasar.
Solo sabes que pasa, cuando
te calmas.
O no.