Cuando el sol de va, tu llama se
enciende. A medida que va pasando la noche, te vas haciendo más, y
más, y más vulnerable, hasta que caes, en un agujero sin final, en
un pozo sin fondo, de sentimientos ahogados en pena. Es ahí,
entonces, cuando te vienes a bajo, y te cuestionas todo lo que has
hecho en el día, en la semana; en tu vida. Comienzas a recordar
todas aquellas cosa que has hecho mal, y también las que no has
hecho, y te deprimes, dejando tus sentimientos más inestables
al alcance de cualquiera, con la esperanza de que alguien llegue, y
te diga que ya ha pasado todo, que no hay nada a lo qué temer;
alguien que te cuide, te llene.
Y así es como empiezan todas las
historias de amor, con unos sentimientos que afloran para ser
cortados (como tus alas), a mitad de una noche, que pocas veces más
será recordada.
Y así es como empezamos a necesitar a
las personas, como nos vamos haciendo cada día un poco más
dependientes, más muñecos controlados por almas vacías. Así es
como creemos que nace el amor, pero sólo nos volvemos sumisos de la
persona que creemos que nos ha sacado de ese agujero. Mas solo
estamos condicionando nuestro futuro con el de esa persona, nos
estamos dejando llevar, nos dejamos controlar por alguien que,
posiblemente, ya estuviera ahogado en el mismo pozo que tú, pero el
amor nos deja ciegos.
Y así es como yo me dejé caer en su
telaraña, en tu mundo. Empecé a girar con él, sin darme cuenta de
que sólo era yo la que giraba, en torno a su ombligo. Pensé que era
la única persona que me entendía, más sólo fue la única a la que
le di paso, sin saber que había dos mil y tres personas más
queriéndome ayudar sin la necesidad de pedirme nada a cambio. Pobre
ilusa,
Así fue como me fui amargando, yo
sola, sin saberlo. Me dejé dominar, controlar, porque, al fin y al
cabo, él era mi salvador. Fue así como me fui consumiendo poco a
poco, hasta que me vi envuelta es mantas, titiritando de frío,
sudando hielo, y con doce marcas de jeringas en los brazos, y una
entre los dedos de los pies. Fue así como caí en los vicios, las
drogas. Como me entregué a la muerte sin aún haberme quitado la
vida.
De aquella noche,sólo lo recuerdo a
él, a su mirada imponente, a sus perplejidad, y a sus piernas
paradas. Quería ver como me mataba, poco a poco, porque decía que
la única forma de acabar con mi dolor, era esa, la más eficaz. De
esta forma nadie más me volvería a hacer daño. Nadie, más. Ni yo
misma, porque, para cuando saliera de esa cama, ya estaría muerta.
La siguiente imagen que recuerdo, es a
mi, tumbada en la camilla de un hospital, son las manos
ensangrentadas. Los médicos me dijeron que un chico me había
salvado de morir de sobredosis, que me había parado los pies a
tiempo. No podía pensar, todo aquello me estaba superando. Me
explicaron que me había traído hasta urgencias, iba vestido de mi
sangre, pues yo le había estado pegando a causa del éxtasis, en la
cara, en el estómago, en el alma. Me dijeron que lo había matado,
que uno de mis golpes, una vez en el hospital, le habían roto la
médula, causando su muerte.
Y así fue, como literalmente, acabé
en la cárcel y en el mundo de las drogas, por culpa de una noche en
la que me sentía frágil, y en la que dejé que alguien entrase en
mi vida. Después de todo aquello, jamás volví a confiar en nadie,
y me di cuenta de que nunca debí haberlo hecho.