Te despiertas en invierno, desorientada
después de una pesadilla (la misma de todas las noches). Te das
cuenta de que estás destapada, con tanta vuelta, congelada.
Sin pensarlo dos veces, te giras, ves que el otro lado de la cama no
está del todo vacío: hay otro pecho que te acompaña, y te abrazas a
él, colocando tus pies entre los suyos. Sin quererlo, sabes que has caído en su centro de gravedad, sin paracaídas, pero no tienes miedo.
Esa es, sin dudas, una de las mejores sensaciones
del mundo.
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