jueves, 21 de enero de 2016

Quinientos metros

No es prosa, ni lírica, ni nada que se le parezca, pero son cosas que guardo para mi, pero que necesito decirlas, y como esto está muy solitario, aprobecho.

A veces, algunas noches en las que me siento sola, y vacía, me pongo a ver fotos, fotos de hace tiempo, de cuando era pequeña, cuando vivíamos todos juntos, en casa. Cuando papá quería a mamá, y me daba un beso, o dos, de buenas noches (todas ellas) . Cuando, sin venir a cuento, me preguntaba que cómo me había ido el día, y que si había sido buena. Fotos de cuando mi vida estaba estructurada, y seguía una línea. La verdad es que nunca fui una chica muy sensible: nunca me acabaron de gustar las "ñoñadas", esas que hacen que te suba hasta la diabetes; tampoco he sido de llorar. Nunca he sido de llorar. Cuando mi padre se fue de casa, con su maleta llena de mentiras, no fui capaz, no salía de mí soltar una lágrima, simplemente me mantuve fría, y distante, durante muchos meses (quizás esa fue mi forma de aceptarlo, no lo sé). Ahora, cada vez que veo una foto con mi padre, no soy capaz de no llorar. Momentos que hubiese aprovechado más, 'te quiero's que no le dije y que le diría ahora, con todas mis fuerzas. Estas noches en las que me siento vacía, echo en falta un abrazo suyo, o uno de sus besos en la mejilla.. Es muy triste vivir a quinientos metros de él y que ni un solo día se acuerde de ti, y suba a darte los buenos días, con un donut en una mano y un café con leche en otra, como cuando era pequeña; verlo solo una vez al mes cuando tengo dentista, o cuando quiere algo que se le ha olvidado en casa. Si pudiera cambiar algo de mi, no cambiaría mi físico, ni pediría dinero, ni más salud; cambiaría esto. Pondría a esa estúpida marioneta en la cama de matrimonio que se ve tan vacía, y a nuestro lado. Porque, en verdad, todos los problemas que hoy me rodean, como son la pobreza o las depresiones, derivan de esto.
Y son estas noches, en las que lo echo tanto de menos, a él, a su cariño, a sus chistes más malos que, no sé, los de mi entrenador, a sus detallitos cada vez que se paseaba por Ceuta o Melilla, incluso sus broncas por salirme de las rayas cada vez que pintaba (supongo que de ahí viene mi perfección a la hora de dibujar).
Hoy soy yo, y mucho de lo que hago se lo agradezco a él, y es muy duro no tener el valor de cruzar esos quinientos metros, para darle las gracias, o decirle lo tanto que le echo, de menos.

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